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Rock Solidarity! - Juventud Rebelde, 18th February 2001

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ARTICLES:2001



Title: Rock Solidarity!
Publication: Juventud Rebelde
Date: Sunday 18th February 2001
Writer: Eduardo Montes de Oca


Yesterday the solidarity became hectic and contagious, because it was rock. Rock of the best on a planetary scale. That which, as was properly announced, brought us one of the top bands of Western Europe.

Cubans and Brits joined together-the work and grace of the most ineffable of languages, music-in a theater overflowing with an audience that acclaimed the Manic Street Preachers, which has won the favor of the most demanding critics in their country. , who judge it the supreme in the last five years.

The assertion was corroborated in our land, where the fans of the rhythm, as knowledgeable as their English, Scottish, Welsh parrots, gave vent to admiration, first with the ecstatic silence of those who do not want to miss the slightest sound.

Then, with the exultation of the one who has been dragged by the interpretative perfection and, in extended ritual, is given to the peculiar rotating and rotating movement of head, mimicking the self-assurance, the spontaneity of artists who have made theirs, in practice, the proverb that the habit does not make the monk.

And we say it because the Manic Street Preachers did not need tinsel, or a set design with spectacular -something snobista- desires, to perform on stage.

Of course: as a backdrop, a giant Cuban flag was deployed. All a symbol in the eyes of the chronicler, who recalled Marti's idea of ​​opening up to universal art, among other reasons because the nation is made of multiple roots, several, and its spiritual production oozes syncretism, transculturation - it is tasty "ajiaco".

(So ​​we thought, for example, while a Cuban integrated his trumpet to melodies of turn, in a treble that made vibrate the aesthetic taste).

It occurs to us that many of those present clapped their hands not only because of that sui generis sonority that reminds us of the 60s, 80s, of the Beatles, and that took us by the hand through pop-rock, the so-called alternative rock ... and in a wonderful walk through the classics; recreated with personality, of course.

No doubt, they were also beaten because of the solidarity load that those who "have made the struggle of the miners of their native Blackwood and other social struggles," as a colleague wrote. Those who opportunely witnessed the bid between happiness and the mirage of riches that surrounded the kidnapping of a small Cardenense. Baby Elian, they sang then.

Art and ideals of social redemption - can the concepts be separated? - they shook hands at the Karl Marx theater, where the architect of the deep, strategic crusade made an appearance to achieve an increasingly cultured people; therefore, more free.

And that presence - long applauded - seems to us another symbol.


Ayer la solidaridad se hizo trepidante y contagiosa, porque fue rock. Rock del mejor a escala planetaria. Ese que, como se anunció pertinentemente, nos trajo una de las cimeras bandas de Europa Occidental.

Cubanos y británicos se unieron —obra y gracia del más inefable de los lenguajes, la música—, en un teatro desbordado de un público que aclamó a la Manic Street Preachers, la cual se ha granjeado en su país el favor de los más exigentes críticos, que la juzgan la suprema en los últimos cinco años.

El aserto resultó corroborado en tierra nuestra, donde los fans del ritmo, tan conocedores como sus pariguales ingleses, escoceses, galeses, dieron rienda suelta a la admiración, primero con el silencio extasiado de quienes no quieren perder el mínimo sonido.

Luego, con la exultación de quien ha sido arrastrado por la perfección interpretativa y, en extendido ritual, se entrega al peculiar movimiento giratorio y rotatorio de cabeza, remedando el desenfado, la espontaneidad de artistas que han hecho suyo, en la práctica, el proverbio de que el hábito no hace al monje.

Y lo decimos porque la Manic Street Preachers no necesitó oropeles, ni una escenografía con afanes de espectacular —un tanto snobista—, para desenvolverse en escena.

Eso sí: como telón de fondo, estaba desplegada una gigantesca bandera cubana. Todo un símbolo a los ojos del cronista, que recordó la idea martiana de abrirse al arte universal, entre otros motivos porque la nación está hecha de raíces múltiples, varias, y su producción espiritual rezuma sincretismo, transculturación —vaya "ajiaco" sabroso.

(Así pensábamos, por ejemplo, mientras un cubano integraba su trompeta a melodías de turno, en unos agudos que hicieron vibrar el gusto estético).

Se nos ocurre que muchos de los allí presentes batieron palmas no sólo por esa sonoridad sui géneris que trae reminiscencias de los años 60, los 80, de los Beatles, y que nos llevó de la mano por el pop-rock, el llamado rock alternativo... y en maravilloso paseo por los clásicos; recreados con personalidad, por supuesto.

A no dudarlo, también las batieron por la carga de solidaridad que nos aportaron aquellos que "han hecho suya la lucha de los mineros de su natal Blackwood y otras contiendas sociales", como escribió una colega. Esos que oportunamente testimoniaron la puja entre la felicidad y el espejismo de riquezas que rodeó el secuestro de un pequeño cardenense. Baby Elian, cantaban entonces.

Arte e ideales de redención social —¿acaso podrán separarse los conceptos?— se estrecharon las manos en el teatro Karl Marx, donde hizo acto de presencia el artífice de la cruzada honda, y estratégica, para lograr un pueblo cada vez más culto; por tanto, más libre.

Y esa presencia - largamente ovacionada - se nos antoja otro símbolo.